I. Prueba gratuita

El hombre tiene cuatro aplicaciones de música en el teléfono y ninguna le sirve.

Las fue instalando como quien se cambia de casa sin sacar las cajas del auto. Primero fue Spotify, que tenía desde siempre, desde que era un estudiante en Valparaíso y la conexión del departamento se cortaba cada vez que llovía. Después Apple Music, porque ya tenía el iPhone, el Mac y los AirPods, y uno termina viviendo adentro de una manzana. Después Tidal, porque leyó en un foro que el sonido era mejor, más limpio, sin compresión, y se pasó una noche entera comparando el mismo bajo de Paul McCartney en dos aplicaciones con los ojos cerrados. Después YouTube Music, porque ahí está todo, hasta las grabaciones piratas de conciertos de los ochenta con el público gritando más fuerte que la banda.

Pagó tres meses de prueba, uno después de otro, con la disciplina de alguien que compara planes de internet con planilla Excel. Y todas las noches, cuando los niños se duermen y la casa en Charlottesville queda en ese silencio espeso que tienen las casas de madera, se pone los audífonos y le pide al algoritmo lo único que el algoritmo no sabe dar: una canción nueva que le importe.

Spotify le ofrece su Descubrimiento semanal. Apple Music, una lista que se llama Tu estación. Tidal, algo que suena a sommelier. YouTube Music, un Supermix que no es súper ni es mix. Y las cuatro, con distinto uniforme, le devuelven lo mismo: los Beatles, Los Prisioneros, Radiohead, Los Jaivas, Soda Stereo, Oasis, un poco de Violeta Parra para que no se diga. Es decir, él mismo. Su propia colección, reordenada, como un espejo que le cambia el peinado.

El hombre sabe cómo funciona eso. Durante años trabajó con máquinas que leían textos y clasificaban palabras, nombres propios, lugares. Sabe que el algoritmo no escucha: cuenta. Que no sabe qué es Parral ni qué significa una canción sonando en una cocina a las siete de la mañana con olor a pan tostado. El algoritmo es un lingüista computacional que nunca ha salido de su oficina. Le recomienda lo que ya le gustó porque es lo único que puede probar.

El problema es que el hombre está cansado de sus canciones favoritas.

No es que hayan empeorado. Son las mismas, perfectas, con el mismo coro en el mismo lugar. El problema es que son la banda sonora de alguien que ya no existe: un cabro flaco que viajaba en micro de Parral a Linares, un estudiante que se enamoraba en Viña del Mar, un tipo que llegó a Wyoming con dos maletas y la nieve hasta las rodillas. Cada vez que suena «In My Life», el hombre no escucha la canción: escucha a ese otro. Y el otro ya se fue.

Hay una palabra para eso en su investigación: solastalgia, la pena de sentirse lejos de casa sin haberse movido. Él la estudia en poemas sobre la sequía del sur de Chile. Nunca pensó que le pasaría con un disco.

II. El ladrón de cassettes

Es increíble, piensa, mientras pasa una canción tras otra sin escuchar ninguna completa. Es increíble que este mismo hombre, que ahora tiene cien millones de canciones en el bolsillo, haya sido el niño que en los noventa robaba cassettes.

No robaba, en rigor. Los pedía prestados y no los devolvía, que en Chile es una forma aceptada de propiedad. Al tío le sacó uno de los Bee Gees. A una vecina, uno de Sandro. A un primo mayor, una copia de una copia de Corazones de Los Prisioneros que sonaba como si la hubieran grabado debajo del agua. Y cuando no había cassette que sacar, se quedaba al lado de la radio con el dedo en el botón de grabar y el otro en pausa, esperando que el locutor se callara, rezando para que no hablara encima del final.

Pero sobre todo estaban los cassettes de la casa de su mamá. Una caja de zapatos Bata llena de cintas con las etiquetas escritas a mano: los Beatles, el disco rojo y el azul, Los Ángeles Negros, Cecilia, un Simon & Garfunkel con la cinta estirada. Los escuchó tantas veces, en esa radio de doble casetera, que un día se dio cuenta de algo raro: podía cantarlas en su cabeza exactamente en el tono original. No más agudo, no más grave. Exacto. Como si tuviera la cinta adentro.

Años después, un profesor de música le explicó que eso tenía nombre, y que había discusiones técnicas sobre si era oído absoluto de verdad o una variante, un oído absoluto de memoria, de tanto repetir. Al hombre le dio lo mismo el nombre. Él sabía lo que era: la caja de zapatos Bata instalada en el cerebro. Hasta hoy puede tararear «Hey Jude» en fa mayor mientras lava la loza, y si alguien la canta un tono más abajo, le duele un poco, como un cuadro torcido.

Ese niño, además, vio dos veces a Paul McCartney en vivo. Dos veces. Con los ojos mojados y la garganta rota, cantando canciones que había aprendido de una cinta estirada en Parral. Si alguien le hubiera dicho al niño de la caja de zapatos que eso iba a pasar, no lo habría creído. Habría pensado que era mentira de adulto, como que los Reyes Magos traen regalos o que el agua del canal está tibia.

III. El cuarto de los instrumentos

En la casa hay un cuarto que su esposa llama, con cariño y un poco de ironía, el museo.

Ahí están todos los instrumentos que el hombre soñó con tener cuando no tenía nada. Una batería electrónica tamaño adulto, con pads de goma y un panel lleno de luces. Un bajo, y un amplificador Fender que pesa como un refrigerador chico. Dos guitarras, una acústica y otra eléctrica. Un teclado. Una tornamesa y una repisa de vinilos que fue comprando en tiendas de segunda mano y en el Downtown Mall, siempre buscando la oferta, siempre comparando.

El hombre ya casi no toca. No hay tiempo, o eso se dice. Hay clases que preparar, pruebas que corregir, capítulos que escribir, niños que bañar. Los instrumentos están ahí para que los niños hagan ruido. Y los niños hacen ruido, mucho, con la devoción total de quien no sabe que el ruido y la música tienen fronteras. Poco a poco los van rompiendo: una perilla que se suelta, un pad que ya no responde, una cuerda que nadie cambió. El hombre lo ve y no dice nada.

Porque detrás del ruido hay un sueño que no le cuenta a nadie: que al menos uno de ellos se atreva.

Que sea músico. De verdad, de oficio. Que haga lo que él no hizo.

Porque él tuvo miedo. A los dieciocho, cuando había que decidir, miró la música y vio pura incertidumbre: bares, giras en bus, cobrar con cerveza, no saber qué iba a comer el mes siguiente. Y eligió lo seguro. Eligió la academia.

Hay que decirlo con toda la seriedad del caso: el hombre huyó de la precariedad de la música y se refugió en las humanidades. Nicanor Parra se habría reído mucho con eso. Él también se ríe, a veces, cuando revisa las ofertas de trabajo.

IV. El vinilo rayado

El otro día pasó lo del vinilo.

El más chico tiene dieciocho meses. Camina como marinero en cubierta, dice unas quince palabras y media, y tiene una fascinación religiosa por la tornamesa. Ha visto al papá cientos de veces: sacar el disco de la funda, soplarlo, ponerlo en el plato, levantar el brazo, bajar la aguja con cuidado de cirujano. Y el otro día, en los dos minutos en que el papá fue a buscar un pañal, quiso hacerlo solo.

Pero tiene dieciocho meses. No le alcanza la altura. Se colgó del mueble, tiró el disco hacia sí mismo, la aguja cruzó el vinilo de lado a lado con un sonido que el hombre todavía escucha en el tono original, y la tornamesa quedó colgando del borde, a cinco centímetros del suelo.

El hombre llegó corriendo. Salvó la tornamesa con una mano y al niño con la otra. Miró el disco: una raya larga, blanca, cruzando tres canciones.

Y quiso enojarse. De verdad quiso. Tenía el reto armado, la frase lista, la cara de papá serio.

Pero también quiso llorar. De alegría, que es la forma más desconcertante de llorar. Porque ese niño que le había rayado el disco tenía, a los dieciocho meses, una tornamesa al alcance de las manos. Y vinilos. Y una batería. Y un amplificador Fender. El hombre, a los dieciocho meses, en Parral, no tenía nada de eso. No había tornamesa en la casa, ni grabadora de CD, ni siquiera, todavía, la radio de doble casetera. Había tarros, patio, perros y un cielo muy grande.

Así que no retó al niño. Lo abrazó. Y guardó el disco rayado en la repisa, en un lugar especial, como quien guarda la primera página escrita por un hijo aunque tenga faltas de ortografía.

V. La rutina

Todas las mañanas pasa lo mismo, y el hombre lo mira como quien asiste a un rito.

Cambio de pañal. Mamadera. Y apenas termina la última gota, el niño se baja del sillón y corre, con esa carrera de pato que tienen los niños chicos, hacia el museo. Directo a la batería.

Aprendió solo, mirando. Sabe dónde está el botón del panel electrónico y lo aprieta con el dedo índice, muy serio, como un astronauta. Sabe encender el amplificador Fender. Sabe incluso que el cable va en el agujero del amplificador. Lo toma, apunta, empuja. Pero todavía no tiene la fuerza para que el plug entre entero, y se queda ahí, con el cable a medio camino, mirando al papá con cara de «¿y esto?».

El hombre no le ayuda de inmediato. Espera un poco. Le gusta ese momento: el niño intentando, el cable resistiéndose, el mundo todavía un poco más grande que su hijo. Después empuja con él, sus manos encima de las manitos, hasta que suena el clic.

Y entonces el niño toca. Toca con todo el cuerpo, con los brazos y la guata y la risa. No hay compás, no hay canción, no hay nada que un algoritmo pudiera clasificar. Hay pura alegría golpeando goma.

A veces el hombre cree escuchar un patrón. Un pulso que se repite, dos golpes y uno, dos golpes y uno. Probablemente no es nada. Probablemente es él, el papá, que oye lo que quiere oír, como los académicos que encuentran en un poema lo que ya andaban buscando.

VI. Tarros de pintura

Porque el hombre también empezó así. Sin batería.

En el patio de la casa de Parral había tarros de pintura vacíos, de esos de un galón, que su papá traía de alguna pega. El niño que fue los daba vuelta y eran tambores. Uno más grande, grave; otro más chico, agudo; una tapa de olla colgada de un clavo que hacía de platillo. Y como no tenía baquetas, usaba botellas plásticas de bebida, de esas de dos litros, vacías. Sonaban huecas, tontas, perfectas.

Con eso componía canciones. Canciones de verdad, en su cabeza: con introducción, estrofa, coro y un final donde todo explotaba. Las tenía en el tono exacto, porque ya entonces tenía la caja de zapatos adentro.

Los adultos, desde la cocina, gritaban:

—¡Deja de meter bulla!

Nadie pensó que eso fuera música. Pensaron que era ruido. Y el niño, que no tenía palabras para explicarlo, siguió golpeando los tarros hasta que se abollaron.

Por eso ahora, en Charlottesville, el hombre nunca le dice a su hijo que deje de meter bulla. Nunca. Aunque sean las siete de la mañana de un sábado y el vecino tenga cara de pocos amigos. Se sienta en el suelo y escucha. Porque sabe que adentro de la bulla, a veces, hay alguien componiendo.

VII. Nota de voz

Sueña con una escena. No se la ha contado a nadie, ni siquiera a su esposa, porque le da un poco de vergüenza lo concreta que es.

En el sueño, su hijo tiene unos diez años. Está en el museo, con la batería ya a su medida. Y de repente se da vuelta y le pregunta:

—Papá, ¿tú escribiste canciones alguna vez?

Y el hombre le dice que sí. Le cuenta de los tarros, de las botellas, de las canciones que nunca grabó. Y algo se enciende en los ojos del niño. La misma llama. La misma que se encendió en un patio de Parral cuando nadie estaba mirando.

Eso es todo el sueño. No hay más. No hay escenario, no hay fama. Solo esa pregunta y esa llama.

Anoche, antes de dormir, el hombre abrió otra vez las cuatro aplicaciones. Revisó el Descubrimiento semanal, Tu estación, el sommelier y el Supermix. Nada. Los mismos muertos queridos de siempre.

Entonces abrió otra aplicación, una que no es de música: la grabadora de notas de voz. Ahí, entre recordatorios de clases y una lista del supermercado dictada en el auto, había una grabación de esa mañana. Dos minutos y catorce segundos. Un niño de dieciocho meses tocando una batería eléctrica tamaño adulto, riéndose entre golpe y golpe, con el papá contando despacio en el fondo: uno, dos, tres.

La escuchó entera. Después la escuchó otra vez.

Ahí estaba el pulso. Dos golpes y uno. Dos golpes y uno.

A la mañana siguiente canceló tres suscripciones. Se quedó con una sola, por si acaso, porque uno no deja de ser quien es.

En diciembre, cuando la aplicación le mandó el resumen del año, con colores brillantes y frases entusiastas, su canción más escuchada no aparecía. No podía aparecer. No estaba en ningún catálogo.

Pero el hombre la sabía de memoria. En el tono original.