
A las siete de la tarde en Charlottesville ya son las ocho en Parral. Mi mamá siempre contesta la videollamada igual: primero veo el techo de la cocina, luego la mitad de su oreja, y al final, cuando por fin encuentra dónde apoyar el teléfono, contra el tarro de azúcar, entre el pan y la mantequilla, aparece ella entera, con los lentes en la frente y la tetera silbando detrás.
—Estoy tomando once —me dice, como si no fuera evidente, como si no fuera siempre.
—Yo también —le miento. Aquí la gente cena a las seis y a las siete ya está pensando en dormir. Hace años que no tomo once. Pero tengo una taza en la mano y con eso basta.
Se echa el pan a la boca, mastica y me mira con esa cara que pone cuando va a preguntar algo de lo que lleva días pensando.
—Oye, mijo. La Nena me preguntó el otro día qué es lo que estái estudiando allá. Y yo le dije que un doctorado. Y me dijo: «¿De qué, de médico?» Y yo no supe qué decirle.
—En literatura, mamá. Literatura hispánica.
—Eso le dije. Y me dijo: «¿Y eso qué es?» —Deja la taza—. Y la verdad, yo tampoco sé bien.
Ya lo he explicado otras veces. Lo he contado en congresos, en cartas de postulación, en formularios de visa, incluso en tres idiomas si cuento el inglés académico como uno aparte, que lo es. Pero nunca se lo expliqué bien a ella, que terminó el liceo en los años ochenta, que trabajó en la temporada de la fruta y después en el supermercado, que lee el diario los domingos y los mensajes de WhatsApp con la letra gigante. Nunca se lo expliqué bien porque me daba vergüenza. No de ella, de mí.
—Ya —le digo—. Te voy a explicar. Pero con calma.
—Tengo toda la noche. La teleserie es a las diez.
I. Qué es
—¿Te acordái de don Lucho, el de las parras de la salida a Retiro?
—Claro. Si tu papá le compraba el vino en garrafa.
—Ya. Don Lucho sabía qué parra daba mejor uva, cuándo había que podar, cuándo iba a helar. Sabía oler la tierra. No lo aprendió en un libro, lo aprendió mirando lo mismo durante cuarenta años.
—Cincuenta, por lo menos.
—Bueno. Un doctorado es parecido. Uno agarra un pedacito chico del mundo, un pedazo de parra, y lo mira durante años hasta que sabe de ese pedazo algo que nadie más sabe. Lo mío son los libros. Los poemas y las novelas que se escriben ahora, en Chile y en Argentina, sobre la sequía, el calor y la gente que trabaja en el campo y no tiene contrato.
Mi mamá deja de masticar.
—¿Escriben sobre eso?
—Harto. Más de lo que creís.
—¿Sobre gente como la de la temporada?
—Sobre gente como vos, mamá.
Se queda callada. Se acomoda los lentes, que no necesita para escucharme.
—¿Y qué hacís vos con esos libros? ¿Los escribís?
—No. Los leo. Muchas veces. Y después escribo sobre cómo están hechos, qué dicen sin decirlo, y por qué aparecen justo ahora. Hay una palabra para eso que me gusta: solastalgia. Es la pena que sientes cuando el lugar donde vives cambia tanto que te sientes lejos de tu casa aunque no te hayas mudado.
—Como cuando se secó el canal.
La miro. Ella lo dijo sin pensarlo. Yo me tardé dos años de lecturas y un seminario completo en entender lo que ella acaba de decir en cinco palabras.
—Exacto. Como cuando se secó el canal.
II. Quiénes lo hacen
—¿Y quiénes estudian eso? ¿Puros chilenos?
Me río.
—No, mamá. Hay de todo. Te los voy a contar como si fueran vecinos.
Ella se acomoda. Sé que le gustan más los chismes que las explicaciones.
—Esta es la que yo llamo la gringa de Borges. Es de Ohio, tiene la casa pagada por los papás, aprendió castellano en un intercambio en Salamanca y se enamoró de un argentino que se murió hace cuarenta años y que escribía sobre laberintos. Habla un español precioso, mejor que el mío en algunas cosas. No dice «cachai» ni aunque la maten.
—Qué fome.
—Un poco. Pero es buena gente. Después está el que se escondió. Estudió derecho o ingeniería, trabajó en una oficina, un día se dio cuenta de que se estaba muriendo de pena y se volvió a la universidad. Tiene cuarenta y dos años y es el más feliz del departamento.
—Ese me cae bien.
—A mí también. Después están los hijos de profesores, que crecieron entre libros y no conocen otra cosa que hablar de los autores como si fueran tíos. Y después estamos nosotros.
—¿Quiénes son nosotros?
—Los que venimos de lejos. Una mexicana de Oaxaca, un colombiano de Cali, una peruana cuya abuela hablaba quechua, yo de Parral. Los que llegamos con beca, porque si no, no habríamos llegado. Los primeros de la familia en ir a la universidad. Los que tenemos que llamar a la mamá los sábados para explicarle qué estamos haciendo.
Mi mamá sonríe con la boca apretada, como cuando algo le da orgullo y no quiere que se note.
—¿Y ustedes se juntan?
—Nos juntamos. Hacemos asados, aunque acá se llaman cookouts y la carne viene en bandejitas. Y nos contamos cómo nos va, y nos contamos que tenemos miedo.
—¿Miedo de qué?
Ahí está. La pregunta que yo no quería que llegara.
III. El miedo
—De no encontrar pega, mamá.
—¿Cómo que no vai a encontrar? Si vai a ser doctor.
—Sí. Pero hay muchos doctores y pocos puestos. Y cada vez menos puestos buenos.
—¿Cómo, buenos?
Busco la palabra. La tengo en inglés: tenure. En las universidades hay todo un vocabulario, tenure-track, adjunct, visiting, lecturer, una lista entera, como las clases de uva. Pero ninguna de esas palabras le sirve a ella. Hasta que me acuerdo.
—Mamá, ¿te acordái cuando la tía Gladys entró a la municipalidad?
—Claro. Primero estuvo a honorarios como cinco años. Le pagaban tarde, no tenía vacaciones. Después la pasaron a contrata. Y después, cuando ya estaba vieja, la dejaron de planta.
—Eso. En la universidad es igual. El trabajo bueno, el que todos queremos, es el de planta. Te dan años para probar y, si lo haces bien, después no te pueden echar fácilmente. Puedes investigar lo que quieras, enseñar lo que quieras. Eso se llama tenure.
—¿Y hay pocos?
—Cada vez menos. Ahora la mayoría de los que hacen clases en las universidades de aquí están a contrata o a honorarios. Son profesores que dan clases en tres universidades distintas para juntar un sueldo, que manejan de un pueblo a otro y que no saben si el próximo semestre les renovarán el contrato.
—Como la temporada.
—Como la temporada. Pero con corbata.
Mi mamá se ríe, pero es una risa triste. Revuelve el té aunque ya no queda azúcar por disolver.
IV. Por qué
—¿Y entonces para qué, mijo?
Lo dice sin reproche. Lo dice como quien preguntaría por qué alguien plantaría un nogal si las nueces tardarían diez años en madurar. Una pregunta práctica, de gente de campo.
Tengo las respuestas oficiales. Las he escrito en inglés: the humanities foster critical thinking, literature builds empathy, we preserve cultural memory. Todas son ciertas. Pero ninguna sirve en una cocina de Parral a las ocho y media de la noche.
—¿Te acordái del cuaderno de la abuela? El de las recetas.
—Lo tengo acá, en el cajón.
—¿Por qué lo guardái? Si las recetas las sabís de memoria.
Se demora en contestar.
—Porque tiene la letra de ella. Porque dice «una taza de harina» y la taza era una que ya se quebró, y yo sé cuál era. Porque si lo boto, se pierde algo que no es la receta.
—Eso es lo que hago yo, mamá. Hay gente que está escribiendo ahora mismo sobre cómo se está secando el sur, cómo los jóvenes se van a trabajar a las mineras, cómo las mujeres mayores se quedan solas con los perros. Y alguien tiene que leer eso con cuidado, como tú lees el cuaderno. Saber cuál era la taza. Porque si nadie lo lee así, se pierde algo que no es solo el libro.
—¿Y te pagan por eso?
—Poco. Por ahora.
—¿Y si no encontrái de planta?
—Hay otras opciones. Hay colegios, editoriales, traducción, museos. Hay gente como yo que trabaja con computadores y palabras, que es algo que también sé hacer. No me voy a morir de hambre. Pero no te voy a mentir, lo hago porque quiero, no porque sea un buen negocio.
Mi mamá asiente despacio. Se saca los lentes de la frente, los limpia con el delantal y se los vuelve a poner. En la frente.
—Tu papá decía que Neruda también era de acá.
—De acá mismo. De Parral.
—Y que se fue lejos y escribió de acá igual.
—Sí.
—Bueno. Se encoge de hombros. Entonces no es tan raro lo que haces.
V. La vecina
A la semana siguiente me llama ella, que nunca llama primero. Está en la calle y se escucha una micro, un perro y el viento.
—Oye, me encontré con la Nena en la feria. Y me volvió a preguntar.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije: «Mi hijo estudia lo que escribe la gente cuando se le seca el campo. Y por qué lo escribe. Y está esperando que lo dejen de planta, como a la Gladys».
Me quedo callado. Afuera, en Charlottesville, los cornejos empiezan a ponerse rojos y una ardilla cruza el cable de la luz como si fuera suyo.
—¿Y qué te dijo la Nena?
—Que ya. Que entendió. Que por qué no le explicái así a los gringos.
Cuelga porque se le acaba el saldo, porque llegó la micro o porque ya dijo lo que tenía que decir.
Me quedo mirando el teléfono. Cinco años escribiendo la introducción de una tesis y mi mamá la resolvió en la feria, entre los tomates y las paltas, en dos frases.
Le voy a pedir que me la firme.
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